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Tu mentira también es verdad (sobre "Nanook el esquimal" de Robert Flaherty)

“Yo quiero una tercera píldora,

una píldora que me permita percibir, no la realidad tras la ilusión,

sino la realidad contenida en la propia ilusión”

Slavoj Zizek



El denominado Punto Ciego del ojo se genera ante la falta de sensibilidad lumínica de la retina, justo donde nace el nervio óptico. Por lo general, este punto del campo visual es complementado por la información que aporta el segundo ojo, pero en el peor de los casos (el peor de los casos es cerrar uno de los ojos) ese espacio es recreado por el cerebro.


Recreado, recrear, quedemonos con esta palabra.


A lo largo del siglo XX el espectador de cine se fue reafirmando en la idea de que la mentira, a veces, también es asunto de la estética, que a veces, eso a lo que llamamos cine no es otra cosa que la porción de “lo artistico” que modifica esencias en pos de una revelación, que va al encuentro de todo aquello que necesita mentirse para velarse más tarde con toda la inmensidad de su verdad.


Lo cierto es que nadie sabe claramente qué cosas en el orden de lo real son las que necesitan este tipo de tratamiento y las que no. De ahí, quizás, provengan los ceños fruncidos, el guiño de la sospecha e incluso la denuncia a viva voz “farsantes!”.


En 1922, un explorador yanqui domiciliado en Canada que trabajaba para el ferrocarril, Robert J.Flaherty, estrena el primer documental no ficticio de la historia: “Nanook of the north”.


Alucinado con la vida esquimal, Flaherty filmó todo lo que pudo sobre esta gente tan distinta y tan cercana. Se sabe que eran imágenes carentes de estructura y narrativa, pero con ese margen “in progress” que sólo parecía permitirse el cine cuando la Antropología mayúscula tocaba el timbre.


Pero como en todas las historias, aquí también hubo un día, y ese día fue en el que el explorador yanqui domiciliado en Canada que trabajaba para el ferrocarril, con intereses que iban más allá de las cuatro paredes de su oficio, y una sensibilidad que no siempre se corresponde con la de un explorador que trabaja para el ferrocarril en los años ´20, olvidó encendido su cigarro en la sala de montaje y todo el celuloide se incineró.


Fiel al carácter de quien vive rodeado de nieve durante meses, Flaherty no lo dió todo por perdido he hizo de la adversidad un nuevo reto; volver a grabar las imagenes, pero esta vez, localizando algún tipo de estructura y narración. El resultado de este segundo emprendimiento fue el que para algunos se dio en llamar “el primer documental de la historia” pero para otros “la primera tomadura de pelo”.


El acento documental, recurrente en estos casos como “lo real”, fue el anzuelo que convirtió a “Nanook” en una pieza clave del cine. Con este trabajo quedaban fuera de juego aquellas películas de viajes a otros mundos, mundos ficcionales (Georges Melies, Segundo de Chomón, etc), la fantasía y lo imposible, que eran franquicias del delirio onírico del primer cine, ahora se revelaban aquí, en este mundo que es también el del espectador, este mundo que, por primera vez, de forma masiva y con imágenes en movimiento, presentaba en sociedad otras formas de vida.


Lo real, esa porción de la vida tan cercana a lo creible. Y lo creible, esa porción de la porción de la vida tan cercana a lo sincero. Y lo sincero, claro, esa porción de la porción de la porción de la vida donde ya no hay trabas y nos lo permitimos todo, incluso creer, no ya en nosotros, sino en lo otro, que es la eterna nece(si)dad.


Ahora bien, pasados los años y tasado el cine documental, comenzó a circular el rumor de que Flaherty, galopado un poco por las ansias de perfección y otro poco por borrar de la historia del cine la palabra incendio, rodó una película donde lo espontáneo es, más bien, simulado, y donde los movimientos, las situaciones e incluso los encuadres, son fruto de un turbio pacto tras la cámara, el discreto encanto de la ficción.


El rumor se hizo noticia, y la noticia mutó (como si de un salto a nuestro tiempo se tratase) en anécdota. Se dijo que Nanook, nuestro héroe, no era tal sino un tío llamado Allakariallak, que no era cabeza de familia porque familia nunca existió, que por aquel entonces los esquimales no eran tan rudimentarios en el arte de la caza, que el iglú era prefabricado e incluso que la mujer que interpretaba a la compañera de Nanook era, en verdad, la novia del director.


La duda ¿es o no es documental el primer documental?, se fue justificando con el tiempo en los debates cinematográficos de pipas humeantes, la música de Amarcord y tacitas de café. Si bien una parte concluye que los accesos ficcionales del Sr. Flaherty son visibles, estos no contaminan el carácter documental sino que lo enriquecen, atrayendo al incipiente género también a personas que, en definitiva, al cine sólo le piden echarse unas risas. La otra parte del opinado mantiene que el género documental, asumido que la objetividad se escurre de las manos, se debe centrar en la no intervención del creador sobre el foco de atención, siempre dentro de lo posible (se acepta montaje de imagen y de sonido, banda sonora y posicionamiento autoral).


Superadas por un momento las incursiones cinematográficas, esta discusión brilla a la luz de la controversia realidad/ficción porque lleva entrelineado un secreto, un secreto a voces que cada tanto se presenta sin llamar, turnando sus apariciones estelares generalmente entre el arte (cuando sobrevuela nuevos aires) y la política (cuando sobrevive horas bajas); la reestructuración de lo real y lo ficticio, la ardua y cíclica reconsideración de la realidad, el espacio dado para una nueva recreación de lo existente.


“Nanook of the north” pasó a formar parte de la memoria popular en cuanto supuso una encrucijada a la frontera que sigue empeñada en separar lo real de la ficción, como se supuso de Sócrates, el Che Guevara o Queen por ejemplo, silenciosos atentados de lucidez en los mercados de lo consumado, en las plazas del “ya está todo dicho” y en las conocidas iglesias de lo preestablecido.


Ya domesticados en las lecturas de orden simbólico, el margen de la duda osada, la que no se corta, la que puede hacernos tambalear las estructuras, forma parte intrínseca de nuestra naturaleza. No todo viene dado, o más extremo aún, nada viene dado y muy frustante se asoma la superación. ¿Como vamos a andar por ahí definiendo que es la realidad cuando las fronteras nos siguen sonando arbitrarias?, ¿Cómo, con tantas palabras que sabemos usar pero no definir? ¿Cómo, si nunca tendremos una noción “verdadera” del trayecto a no ser que lo hagamos a pie?


Considerando pues, que la noción de lo real sólo puede cerrar filas en la medida que asuma cierto albedrío, el trabajo de Robert J. Flaherty merita ocupar las primeras páginas de cualquier libro sobre cine ya que, si bien Nanook... no responde a los cánones del documental como hoy lo entendemos, sí se encuentra a la altura de sí mismo. Y es que, como bien apuntó el chileno Cristobal Bley, ¿quien le enseña a uno a hacer el primer documental de la historia?


Recrear, recreamos permanentemente la realidad, como si esta última fuese la capital de un país en guerra llamado ficción.





Bibliografía/Filmografía:

Joseph Campbell, 1980, “El Héroe de las mil caras”, Trad. de Luisa J. Hernández, FCE (Mexico).

Anne Huet, 2005,“Le Scénario”, Trad. de Núria Aidelman, Cahiers de cinéma (París).

Aristóteles, 1974, “Poética”, Trad. de Valentín García Yebra, Gredos (Madrid)

Cristobal Bley, 2012, “Nanook, el primer documental de la historia” Edición digital Cinepata.com

Sophie Fiennes, 2006, “La guia perversa del cine de Slavoj Zizek”. Documental.

Eric Lange, 2010, “El viaje extraordinario”. Documental.

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