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Cuando es el cine el que viene a nosotros

La escena comienza por encima del mar. La cámara planea sobre el agua en un único sentido. La cámara avanza. La cámara se adentra. En el horizonte asoma una isla, o un país, o un continente. En todo caso, lo que vemos asomarse por el horizonte es una película, una película que a estas alturas ya sabemos que va de una isla, y también de un país y de un continente. Continentes como islas repletos de individuos, y luego individuos como islas repletos de continentes. Y es el buen trenzado de esto segundo lo que hace a la extensión y a la profundidad de la película, los personajes y luego las historias, las historias como continentes que hacen de los personajes personas, y estas personas, a su vez, nos hacen a nosotros. Ni a ti ni a mí, a nosotros. Este es el punto de inflexión por el cual se desvía el sendero donde nos encontramos con todo un listado de nombres propios, de obras que ya no nos hablan a nosotros sino que hablan de nosotros, o bien, de la ausencia del nosotros.


Nombres y obras como grietas que cruzan la frontera entre la ficción y la realidad sin dar indicios de su origen, una grieta que pasa, que atraviesa la línea con total descaro y que nos atraviesa a nosotros con total sentido. Películas que nos recuerdan que la ficción es un elemento más de esta realidad, y que como tal, es real. Tan real y tan ficticio como el mismo espectador, como la misma vida hasta justo antes de entrar en el cine.


Y es en la grieta que derrama este cine, que derrama este sendero y esta isla, donde todavía podemos encontrar la urgencia de pasar a la acción; el registro documental cuya única intención es transformar aquello documentado, y esa transformación pasa por nosotros, depende exclusivamente de nosotros el que esa historia sea nuestra historia, el que ese nosotros sea nuestro nosotros y, finalmente, es nuestra decisión colocar la línea que separa lo ficticio de lo real aquí, o un poquito más allá, o un poquito más acá.


Es en las prematuras interpelaciones del film cuando empezamos a entender la urgencia de esa cámara que avanza sobre el mar, que se adentra en la isla, que se adentra en las personas que allí dentro generan redes, y que busca, encuentra y denuncia el nudo del tejido social, lo silenciosamente ruidoso, el mal engranaje cotidiano en el que vivimos.


Si la pregunta que sucede es ¿por qué ir tan lejos a remarcar el error si también lo encontramos aquí, si sólo es cuestión de bajar a la calle para sentirse en la selva, para sentir el miedo, para sentir la soledad de la isla donde caímos en suerte?, entonces quiere decir que ya estamos dentro.


Este es el comienzo de “Soy Cuba” (Mikhail Kalatozov, URSS/Cuba, 1964), pero también es el comienzo de casi todo el cine de Pier Paolo Pasolini y el de Theo Angelopoulos, el de Abbas Kiarostami y el de Zdiga Vertov, el de Fernando Birri y el de Theo Van Gogh. Este es el comienzo de “Soy Cuba” pero también es el comienzo de clásicos como “El gran dictador” de Charles Chaplin (EE.UU., 1940) o el de “Las uvas de la ira” de John Ford (EE.UU., 1940) o el de “El ángel exterminador” de Luis Buñuel (México, 1962), y más tarde es el comienzo de“Caché” de Michael Haneke (Francia y otros, 2005) y el de “Notre musique” de Jean Luc Godard (Francia / Suiza, 2004), y más cerca, el comienzo de“Tiro en la cabeza” de Jaime Rosales (España, 2008) y aún más próximo, el comienzo de“De nens” de Joaquín Jordá (Cataluña, 2005). Todos comparten un mismo inicio, una misma urgencia, pero cada uno desde su rincón del continente que, al fin y al cabo, no deja de ser una isla. Así, al llegar a esa película que se asomaba por el horizonte, Pasolini se adentró en las cloacas, Angelopoulos en la niebla, Kiarostami en el temblor y Vertov en las avenidas principales. Otros como Haneke, Theo Van Gogh, Michael Moore o Fernando Birri se colocaron en los barrios altos, en lo tabú, en el espectáculo y en la periferia respectivamente.


Algo no va bien, la injusticia adquiere formas que aún no conocemos, coexisten demasiados nudos entre las redes que nos unen, demasiadas grietas que en nada parecen devenir de una condición natural sino, más bien, de cada uno de los componentes corrompidos, es decir, de cada uno de nosotros, de ti y de mi. Es verdad que tendemos a reducir deliberadamente los elementos que conforman una realidad lejana y remota, y más aún si esa realidad se proyecta en dos dimensiones, si se proyecta en un espacio donde la luz y el tiempo son otros que en nada se parecen a los que practicamos fuera de las salas, pero las consecuencias de la insolidaridad, de la precariedad, del hambre, las consecuencias de la opresión, la falta de memoria y la guerra no son lejanas, están ahí, bajando a la calle, bajando a Cuba, a México, a Francia, a Estados Unidos o Irán. Y si agudizas la vista, veras que salir a la calle es un película, que las oscuras raíces que exiliaron a Buñuel y Tarkovski, que recortaron aFernando Birri y Joaquín Jordá, que embriagaron a Michael Moore y que callaron a Theo Van Gogh están ahí, en la puerta de tu casa. De nosotros depende catalogar lo que sucede de ficción o realidad. Pongamos un ejemplo: ¿Nunca te has encontrado, caminando por la calle, con un rodaje? Seguro que sí, seguro que lo has encontrado y te detuviste, seguro que te has acercado y lo has visto todo, has visto a los actores, a los operarios, los focos y los camiones del catering, seguro que has visto la maquinaria. Pues invirtamos el suceso: ¿Alguna vez fue el cine el que te encontró a ti? Imagina que un día el cine, con todos sus operarios, con todos sus camiones y cables, con toda su maquinaria, te encuentra a ti, se detiene delante de ti y se acerca para verlo todo, para buscar, encontrar y denunciar tu lugar en el nudo, tu silencio, tu mínima existencia, ¿puedes imaginarlo?¿puedes verlo?¿qué ves?


Una película que habla de nosotros, un idioma visual auto referente que escapa a toda temporalidad y mapas, una voz intima y velada, en la intimidad colectiva, y la urgencia que sucede al encuentro de nosotros mismos, la urgencia que sale disparada en busca de otras voces para ejercitar la musculatura de una conciencia critica que, de momento, sólo puede oírse si clavas lo ojos en ella.


Ser espectador de cine político o cine social es un ejercicio que está por encima de la ficción o el documental, es un diagnostico de lo que nos sucede, de lo que nos está pasando, un toque de atención que puede golpear, que pretende desvelar los ritmos ocultos de una verdad subterránea, de una violencia invisible que es la violencia habitual y que es la invisibilidad habitual. Es en este cine donde el carácter secundario de la palabra deja fuera de juego y a la vista de todos la complejidad del mundo, la invisibilidad visible, sabida y asumida, los nudos, las oscuras raíces y los restos de nuestro paso por esta isla que se agota cada día más, que se viene acabando de un momento a otro desde siempre, y es precisamente este cine el que nos advierte que no es la isla la que se acaba sino nosotros, y es evidentemente este cine el que nos señala todas las realidades individuales dispersas por el mundo que atentan contra la realidad común, contra nuestra realidad que merece ser vivible de una vez por todas. Es en este cine, sin lugar a dudas, donde estamos todos, y es este cine, el cine que podríamos hacer todos, porque está ahí, porque esta en la puerta de nuestras casas.

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