Si hubo un escenario paradigmático en el cine español que va de finales de los años ´60 a principios de los ´90, ese es el de las cacerías. Naturalmente, el paradigma nace de una mirada muy concreta y también fácilmente reconocible en el cine de aquellos años: el cine crítico con lo establecido, ya sea hilando fino a través del humor o al tambor de la política. Un cine izquierdoso digamos.

 

Y es que las cacerías son al cine “de izquierdas” lo que los centros comerciales a las películas de zombis, es decir, un espacio de metáfora obligada. En ellas nos encontramos con burgueses, condes, políticos, guardias civiles, señoritos, obispos, criados, súbditos, comerciantes y  fascistas.

 

Ahí está toda la fauna representativa de la historia reciente de España, los ganadores y los perdedores, los encumbrados y los olvidados, la ley del más fuerte y la selección natural, el presente y el pasado de un país que sigue encontrando en esta fórmula su razón de ser (España), y también su martirio (Ay).

 

Sus manifestaciones puede articularse desde cualquier género, véase La escopeta nacional (comedia), Los santos inocentes (drama) o La caza (cine político), pero la inclinación se repite: esto no es más que un grito poético de la izquierda haciendo cine.


 

Llegados hasta aquí, creímos interesante hacer un contrapunto a esa mirada ampliando los escenarios (desfiles nacionales, trincheras, cenas, revueltas...)  pero conservando la atmósfera (la herida abierta). El juego es sencillo, enfrentamos algunas de estas escenas con otras cuyo diálogo de contacto bien pueda ser la mirada opuesta, como en Espagne, 1936 (J.P. Le Chanois, 1937) y Raza (Sáenz de Heredia, 1941), o bien que una explique a la otra, como en Los santos inocentes (M. Camus, 1984) y La caza (C. Saura, 1965) o La vaquilla (L.G. Berlanga, 1985) y Así en el cielo como en la tierra (J.L.Cuerda, 1995) y finalmente que fueran partícipes de una misma acción, como en Retrato de familia (A. Giménez Rico, 1976) y La escopeta nacional (L.G.Berlanga, 1978).

 

Confiamos plenamente en la particularidad de cada cruce, no sólo por el hecho de remarcar la inclinación ideológica de cada película, sino también por esa nueva sugestión que se desprende del diálogo entre ambas, una posibilidad fresca, una lectura sugerida en una época en la que la fiebre por hacer historia hace que todas las canciones vuelvan a hablar de nosotros.