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The power of love

«Vamos a ir a chapu y ponernos bien pedos mientras investigamos cómo regresar al pasado dentro del Delorean e intentamos arreglar nuestras pinches vidas que se echaron a perder... La chela va estar a 20 pesitos».

Cuando voy por ahí no creo que la gente me vea como un tipo obsesionado por el tiempo, uno de esos que caminan rápido pero se sabe que pesan, que pesan mucho, y que cuanto más corren más pesan. No, no pasa eso. Puede que adivinen mi edad. «Debe de andar por los treinta», dicen, y sí, tengo treinta años y aunque la gente que anda por ahí no lo vea, también me obsesiona el tiempo que pasa inexorable.


A los veinte años me volvía loco el director de cine ruso Andrei Tarkovski. Mi fanatismo, mutación de una neurona años atrás futbolera, era tal que ya había perdido un poco de vista el motivo de mi devoción, que era querer hacer cine, y lo que en realidad quería era, directamente, ser él. Recuerdo que una vez leí que Tarkovski hizo su primera película a los treinta y dos años y eso para mí se convirtió en una meta (en una meta y en uno de mis tantos intentos por empatarme con aquel que, en verdad, no lo olvidemos, quería ser). «Yo no puedo pasar de esa edad sin haber hecho antes mi película», me dije, y nunca lo olvidé. Olvidé montones de cosas mucho más importantes, cosas que, en esa época, aprendí al ver sus películas, gocé al leerlo e incluso disfruté al imitarlo. Pero no, muy poco de eso todavía retengo. Sin embargo, algo que se me grabó con fuego y que nunca me quité de encima fue aquella estúpida meta: los treinta y dos años.


Me quedan dos años y, si bien no sé si ya voy justo de tiempo o no, lo cierto es que en lugar de estar molestando a productores, torturando a actores o viajando gratis de festival en festival, acá estoy, otra vez escribiendo un texto de lo que pudo ser y no fue (o no está siendo).


Esto es, a grandes rasgos, la sensibilidad del marco. Ahora el contenido.


Sí, este año llegué a la treintena y es, casualmente, el año en que el protagonista de Regreso al futuro II llega, valga la redundancia, al futuro. A los diez años me volvía loco esa película. Mi fantasía, producto de aquella neurona futbolera dando los primeros indicios de «otra cosa», era tal que deliraba con la idea de poder viajar en el tiempo y ver, por ejemplo, qué clase de personas eran mis viejos con mi edad o quién fue realmente el inventor del rock and roll, pero, por encima de todas estas cosas, soñaba con poder ver qué fue de mí. Recuerdo que unas cuantas veces me dije (como si hablase con mi yo del futuro) «...recuerda la fecha en que Marty McFly viaja al futuro y cuando llegue ese día, acuérdate de mí ahora». La propuesta tenía su bucle: mi yo del pasado pensando en mi yo del futuro «al mismo tiempo» que este piensa en mi yo del pasado pensando en el futuro. Esto era un juego de espejos que, a los diez años, me fascinaba.


Muchas cosas por el estilo todavía retengo de esa gloriosa época, pero aquella promesa se había desvanecido totalmente. La olvidé. De nada habían servido el rosario de cada noche, la repetición y el compromiso, de nada la fantasía que me embriagaba todos los rincones de la infancia, porque un día llegaron «otras cosas» y las antiguas se fueron quedando atrás.


El hecho es que hace unos días me llegó un evento al Facebook para el próximo 21 de octubre. El motivo: la llegada de Marty McFly al futuro. Veintiuno de octubre de 2015, «la puta madre», fue lo primero que pensé. Mal. No me gustó nada descubrir que el momento había llegado, que todos estos años ya habían pasado, saber de golpe cosas que había olvidado, la terrible sensación de recuperar viejas preguntas y, ahora sí, poder responderlas. Marty McFly llega al futuro y a mí se me clava la angustiosa empresa de mendigar aunque sea una simple noción de lo que es el tiempo, el querer que alguien venga y te lo explique con un dibujito en una servilleta, convocar a los espíritus de la lucidez como para que viendo el cielo sea suficiente o entenderlo todo con ver desde la calle el interior de la casa donde viviste hace unos años. De repente das la vida por poder abarcar, aunque sea unos segundos, el significado del tiempo, pero sabes que, ya sea por experiencia, edad o madurez, el juego va a acabar siempre ahí.


Sin embargo ahora sé dónde estoy y una silueta de verdad asoma para perderse en cuanto la encuentro. Ahora, y de una forma certera, puedo dar un golpe en la mesa y responder a la pregunta «qué fue de mí»: estoy en mi casa, delante del ordenador. Sigo delgado y con el pelo corto. Llevo puesta una camisa de cuadros y por encima un chaleco rojo, pantalones de jean ajustados y unas Nike que se atan solas forradas con papel albal. He cenado con vino y ahora estoy esperando a que me pasen a recoger para ir a la esperada llegada de Marty McFly. Habrá cerveza a precios populares y pincharán música de los 90. En el evento hay apuntados unos cuatrocientos pelotudos y yo soy uno de ellos. Se recomienda ir caracterizado como uno de los personajes de la película y ahí estoy, mirando el reloj ansioso, dispuesto a darlo todo cuando llegue mi hora.

Querido Ariel del futuro, este mensaje es para ti. Si estás leyendo esto es que has llegado, por fin, a los treinta y dos años. Voy a decirte una cosa que espero que entiendas como el consejo de una voz amiga y que quiero que te quede bien claro: por favor, si todavía me quieres, déjame en paz.

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