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“Bulubus” de Max Luchino/Cesar Iglesias/Christian Dávila

“Que los que vengan detrás sepan

que todavía hay chalados por el mundo

que lo dejan todo y se van a hacer teatro”

Jordi Pinar

Dicen que para crear un país hacen falta tres cosas; territorio, habitantes y soberanía. “Bulubus, la película” (España, 2009) es la historia de un grupo de titiriteros, pero también es la historia de un país. ¿Tienen territorio? Las calles. ¿Tienen habitantes? Los títeres. ¿Y soberanía? Naturalmente, aquella que es reconocida por quienes aún sienten que la libertad no es sólo un recuerdo de la infancia.

El capítulo de este país al que asistimos invitados por la película toma como marco de acción la gira que el grupo realizó por la ciudad de Bilbao, escenario de una de las últimas batallas despachadas en defensa de la libre circulación de la inspiración, una inspiración colectiva que brotó en un rincón de Barcelona llamado Pepe Otal, y en un rincón de Pepe Otal llamado corazón, y en una partecita del corazón que siempre fueron los demás. Titiriteros de Cataluña, de Galicia, de Aragón, de Italia, de México, escucharon la llamada del ilustre Otal y poco a poco fueron construyendo la historia de este país, que combina de maravilla la alegría tras la muerte y el discreto encanto de lo sencillo.


Sabedores de que nunca serán Jim Henson (siempre se puede ser mejor) todos ellos se embarcaron a la conquista de nuevas tierras, latitudes personales claro, que es lo que tiene cuando haces lo que te gusta, vivir de aquello por lo que un día apostaste y que, si bien no te ha hecho rico, sí has encontrado la gente con la cual creer en un mundo dentro del mundo, ese otro mundo que algunos se atreven a llamar familia y que reivindican, con toda razón, como la elegida.

Pero como en toda familia, como en todo país, hay roces que no hacen al cariño sino a todo lo contrario, problemas con la organización, con las monedas, incluso problemas con los títeres, de los cuales algunos exigen su liberación del yugo del titiritero y que vale la pena saber ver, ya que esto suele pasar, según Borja Insua, cuando se da ese mágico instante en que el manipulador no tiene nada que ver con la marioneta y esta se mueve por sí sola.


De idéntica lógica, esta película logra captar ese momento en que la unión de un grupo de seres se independiza de las individualidades que lo forman y el sueño se hace colectivo, lugar donde se dibuja el término medio entre el barco de los locos y los locos que saben llevar un barco.


Con una narración visual acorde con las ínfulas de lo narrado, este documental no sólo retransmite el mensaje del Bulubus allende los mares, sino que también se inscribe dentro de ese selecto grupo de aproximaciones a la vida vivible, aquella donde uno es libre de pasarlo bien haciendo lo que le gusta, siempre que el cuerpo lo pida.

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