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Las fotos incolgables (tonyvacas.wordpress.com)

¿Vendiste alguna foto? Le preguntan al fotógrafo.

No, responde, ¿Tú comprarías una?

El visitante a la exposición vuelve a echar un vistazo a las imágenes como si minutos antes no las hubiese visto bien, como si minutos antes no las hubiese visto con esa intención.

No, responde luego de unos segundos de silencio.


¿Y quién compraría estas imágenes? ¿Quién colgaría en su salón la imagen de un niño esnifando pegamento? ¿Quién llenaría los huecos de su bar de forma permanente con imágenes de débiles hombres rociados en tierra? ¿Y quién decoraría la sala de espera de una consulta con familias enteras trabajando en las minas de carbón?


A veces vemos fotografías que no sólo deben ser vistas. A veces nos encontramos con realidades que indudablemente se derraman más allá de cualquier marco, de cualquier pared, y también de cualquier mirada. Aunque nos joda. Porque jode, porque estas fotografías tienen eso que tiene la fotografía, y también las ventanas, tienen eso que hace que tengamos delante un trozo del mundo, sólo un trozo, un trocito, pero de los que se atragantan, de los que deben atragantarse.


No es una falta darnos cuenta de que, por pura cuestión de supervivencia, todos vivimos aferrados a lo más próximo, aferrados a eso que nos tocó en suerte, como un país, una ciudad, una familia o en el peor de los casos, un televisor. Nuestro país, Nuestra ciudad, Nuestra familia, o televisor. Necesitamos movernos y avanzar sobre seguro, sobre lo conocido, gestionando como podemos nuestra suerte sobre este terreno que es, en definitiva, esa porción de realidad a la que habitualmente llamamos mundo. Pero también sabemos, por pura cuestión de supervivencia, que el mundo no acaba ahí, no termina en el horizonte de nuestra historia y nuestros deseos. Y aunque todos sepamos que más allá del horizonte no existen esos monstruos malignos que se imaginaban siglos atrás, sí es cierto que a veces apartamos la mirada como si allí, donde los ojos no llegan, los fantasmas estuviesen todavía esperándonos. Lo que nos diferencia, en este caso, de aquellos hombres de la edad media es que hoy esos monstruos sí existen, sí nos esperan y no sólo eso sino que quizás, también, por esas cosas de la globalización, somos algo responsables, o que, por lo menos, ese trocito de realidad que disfrutamos y sufrimos a diario es una célula más que participa de ese lado del mundo que sí lo es, que sí es, de alguna manera, responsable. Porque si no ¿qué me hace sentir que esto no es sólo una cuestión estética? ¿Por qué cierro los ojos y sigo sintiendo vergüenza? ¿Por qué aún alejándome de esa ventana, sigo teniendo frío?


Basándome en mi experiencia puedo decir que todo esto sucede porque es verdad. Porque hay realidades que son un motivo decorativo sólo en los periódicos e informativos, pero que extirpándolas de esos patios del sistema y de la conciencia, destinados a priori a enterarnos de lo que sucede, o , en un momento de inspiración, a sensibilizarnos un poco, sólo un poco, podemos realmente entender, y tal vez sentir, las realidades ajenas.


Y es que no hay nada que saber, no hay nada que decir y tampoco hay nada que comprar, sólo hay que ablandar, ablandar la mirada, mirar con todo el cuerpo, retener con todo el cuerpo y luego a ver que pasa, a ver qué nos pasa, a ver desde donde leemos el periódico mañana, a ver desde que altura tiramos una limosna mañana y a ver con que paso recorremos el centro comercial este fin de semana.


El acto que parecen pedirnos estas imágenes que, por esas vueltas de la vida, de las cámaras de fotos y de los fotógrafos, ahora tenemos delante, el gesto que convocan en nosotros no es el de la silenciosa culpa o el desenfrenado activismo, sino, más bien, el del puro sentimiento; la empatía del estomago y lo versátil que puede llegar a ser nuestra piel en el momento menos esperado. Y este ejercicio de humanidad sólo se consuma desdoblando el corazón, porque así podemos sentir quiénes son los demás, los que no se ven incluso estando a nuestro lado; sólo así, sintiendo otras realidades, y no conformándose con saberlas, sino sentirlas hasta Ser esas realidades aunque no sean las nuestras, podemos entender porque es necesario encontrarnos con este tipo de trabajos y con este tipo de ventanas, y recién a partir de ahí, nos podremos ver lo suficientemente grandes como para emprender, si el cuerpo lo pide, un gesto importante. Porque estas imágenes son algo así como viajar y porque estos paisajes son algo así como tener hambre. Porque estos cuerpos retratados son algo así como estar a la intemperie, y porque evidentemente estas miradas, son algo así como mirarte.

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