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Una película, nueve horas, seis títulos. El cine de Won Kar-Wai

“¿Has olvidado tu nombre? Te llamas Lai Yiu Fai y yo me llamo Ho Po-Wing

¿Sabes por qué tengo tu pasaporte? Quería guardar tu nombre para siempre.

Me da igual que uses mi nombre, pero recuerda estas tres palabras: Ho Po-Wing”



Wong Kar Wai nació en un país de más de mil millones de personas. Su ciudad natal tiene una densidad de población de casi trece mil habitantes por kilómetros cuadrado. Tres millones de personas cogen el metro cada día y el movimiento turístico anual es uno de los más densos del mundo. La numerología desmedida es un buen punto de partida desde el cual entender de qué habla Wong Kar Wai cuando habla de la soledad, cuando habla de la obsesión y del amor.

A veces sucede que delante de un paisaje de postal queremos tomar una fotografía para capturar esa inmensidad que ahí mismo nos embarga, pero al poner el ojo en el objetivo descubrimos que ese mismo paisaje pierde aquello que nos atrapa, se hace plano y tópico. Resignados entonces a la evidencia de que un lugar como aquel sólo tiene vida en tanto que uno está en él, sólo nos queda hacer un tímido zoom para terminar retratando un detalle de aquella inmensidad, la mínima expresión de una sensación inabarcable que será, al fin y al cabo, lo que nuestra memoria retenga.


El cineasta chino tiene nociones sobre la inmensidad, él tiene muy claro que si pudiese tocar con la palma de la mano toda la extensión que abarca una ciudad y toda la vida que se puede desarrollar en esa ciudad, no necesitaría acariciarla. La caricia es ese deseo de poder abarcarlo todo con la certeza de que mientras permanecemos en un rincón, estaremos ausentes en otro. Así, la continua rectificación.


Ahora piensa en la piel.


Los personajes que viven en las ciudades de Wong Kar Wai son ese zoom a la mínima expresión de lo que es la inmensidad, son millones de personas en dos personas, y son la monstruosidad de dos personas en una habitación, son toda la memoria en el humo de un cigarro, son las palabras que importan en la grieta de los árboles y son, en definitiva, ese deseando original siempre a flor de piel, siempre tan improvisado e intimo.


Intenta pensar a flor de piel.

La caricia es una repetición. Una repetición que busca en la constancia del movimiento la unidad, es el deseo de toda la superficie palpada al mismo tiempo, y quizás por ese motivo son siempre historias de dos, siempre la lluvia y la comida, quizás por eso siempre fue Tony Leung como cabeza de cartel y no otro, siempre Christopher Doyle en la fotografía y sólo él, siempre esa silenciosa conexión que tienen algunos artistas orientales con lo sagrado aunque estén persiguiendo a una mujer en el metro, aunque estén en medio de un cotilleo en los pasillos de una pensión, en las versiones musicales chinas de éxitos occidentales, en las grabadoras de voz, en la violencia, la comida rápida y las deudas pendientes. Esa vía directa a lo sagrado que poco tiene que ver con la iconografía de lo milenario, sino más bien con esa convocatoria cotidiana del corazón detrás de cada gesto, el corazón hinchado paralizado pisoteado elevado encerrado exhausto exiliado envenenado y por tanto, un gesto de idéntica sombra aquí, en la superficie del mundo, donde la intemperie lo transforma todo en melodramas al uso y en aparente improvisación a falta de espina dorsal.


Recupera con los dedos la textura de esa cordillera que divide la espalda en dos.


Según los datos de los que dispongo, en la filmografía destacada de Wong Kar Wai hay apenas una película, una sola película de nueve horas y con seis títulos, a saber; “Days of Being Wild”, (“Días salvajes”,1990) “Chungking Express”(1994), “Fallen Angels”(“Ángeles caídos”, 1995), “Happy Togheter”(1997), “In the mood for love”(“Deseando amar”, 2000) y “2046”(2004). La asociación de estos títulos en el marco de una película no sólo responde a la emancipación compartida desde las bases anteriormente mencionadas (la inmensidad, la caricia y todas las versiones de un corazón vivo), sino también al progreso y desarrollo de esa angustiosa belleza que destilan sus personajes, y que se dibujan como curvas sobre un fondo sordo y desmedido.


“Dieciséis de abril de 1960, un minuto antes de las tres de la mañana. Estas conmigo. De ti, solo recordaré este minuto, de ahora en adelante seremos amigos de un minuto. Es un hecho, no puedes negarlo. Es el pasado. Vendré mañana a verte”.


Cuando comienza “Days of being wild” él no sabe nada de su propio pasado, pero el nombre de ellas lo conoce perfectamente. Acto seguido nos adentramos en la jungla, aterrizamos entre los árboles. Ya tenemos a los personajes y el lugar donde situarlos. Aviso para viajeros: no saldremos de ahí.Él se va a buscar su historia y ellas se quedan rotas. La primera merodeando el portal de su casa; la segunda, visitando a su madre. En esta primera película asistimos a la doble evocación de lo ausente, el tiempo pasado y el ser amado, y también a la violencia del gesto, que sólo puede responder a la presión atmosférica de una verdad tatuada, que ya desde el primer momento tiene que ver con el otro, y sobre la cual los personajes se construyen y se corrigen una y otra vez. Ambas, coordenadas fundamentales en el mapa de los sentidos de este director. En efecto, en “Chungking Express” no nos apartamos de esa búsqueda, pero ahora él y ella parecen aceptar la soledad y así, la presión del drama se disipa en pos de una especie de bocanada que se aproxima a algo muy parecido al humor, algo que propensa la levedad de una historia, y en su suspensión podemos llegar a creer que, en definitiva, historias como estas se dan en todas las ventanas con la luz encendida a las tres de la mañana. Aquí Wong Kar Wai plantea una locura amable, la locura del rito particular como la única posibilidad de expiación con respecto al tiempo que pasa intransigente y se acumula en el fondo de la memoria.


“Fallen Angels” se derrama de estos mismos preceptos ya que, a ese acceso de levedad que hace de la intimidad de los personajes un divertimento y que más que divertimento es la celebración del amor propio, vuelven a resonar los ecos de la angustia y el deseo contenido. La dureza en la aproximación al otro y a uno mismo actúa como defensa ante aquello proclive a herir, porque a estas alturas, tanto ellos como ellas, ya tienen algunas marcas indelebles en la piel y en los ojos. Y si “Fallen Angels” es el exilio hacia dentro, en “Happy togheter” vemos el exilio exterior. Aquí ellos llegan, llegan juntos de una huida, pero en el viaje se separan, inaugurando la idea del doble filo del exilio, el físico y el personal. Como en toda pareja, la constancia del otro se va transformando en la constancia en el otro, y ahora que no se tienen, acabamos en el difuso entramado de la constancia de una idea que, como en todo proceso de reconstrucción, tiende a la más silenciosa de las obsesiones.


Finalmente, en “In the mood for love”, según las propias palabras del autor,una de las ideas más importantes de la película es que él y ella, además de ser amantes consumados, son vecinos, y temen el escándalo. En “2046”, en cambio, tenemos a un hombre que quiere vivir sólo, su único observador es el mismo. En “In the mood…” hay familia y hay matrimonio, en “2046” el personaje no cree en nada de eso. Él se ha enamorado de una mujer que no existe, y se ha convertido en un cínico que se hace daño a sí mismo. “En“In the mood for love” los secretos se dicen a un árbol, en “2046”, el árbol es el protagonista. Él lleva el secreto dentro y se trata de ver cómo se las apaña para liberar ese secreto”


¿Recuerdas el secreto que quedó atrapado entre tú y yo?

Y al final del camino esa liberación desvelada, que empieza en uno y acaba en los demás, cierra el círculo sobre el cual los personajes orbitan irrevocables ya fuera de plano, con un movimiento largo, pausado y eterno. Wong Kar Wai ensaya en “In the mood…” y concreta en “2046” una toma de postura que ya se había ido pautando al final de cada título, una especie de pacto definitivo con el paso del tiempo (“La hice extraña y erótica, pero sin exagerar. A algunos no les gustaba la ciencia ficción, pero para mí “2046” sólo era un cuarto de hotel”),con la memoria (“Él recuerda toda esa época pasada como si mirase a través de un cristal lleno de polvo”), el presente (“Por favor, tranquila. Esto es un ensayo, no es real”) y tú (“El amor es cuestión de coordinación, de nada sirve encontrar a la persona correcta, si no es el momento adecuado”).

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