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Theo Angelopoulos: El otro mar que nunca fue

“El genio se concibe como un regalo de los dioses y la melancolía como un aspecto concomitante de la genialidad” “Problemas” Aristóteles

Si buscamos la palabra Melancolía en el diccionario de la Real Academia Española nos encontramos con tres acepciones de las cuales dos podrían responder a lo que, por intuición, el curioso advierte, tristeza vaga, sosegada y permanente…, mientras que la tercera, Bilis negra, más que responder con la misma inmediatez que sus precedentes, nos deriva a otro tipo de dudas, ¿Qué es la bilis negra? y más aun ¿Qué la une con la melancolía?.


La idea de la bilis negra surge con el médico griego Hipócrates, quien atribuía al planeta Saturno la propensión del bazo a segregar grande cantidades de dicha sustancia, la cual oscurecía el estado de ánimo y se manifestaba bajo el signo de la melancolía. La Bilis negra, por tanto, suponía una enfermedad, pero una enfermedad que, según el filósofo griego Aristóteles, en los hombres de mentes cultivadas esta sustancia sin estado concreto y que lleva consigo todo el calor y todo el frío, se disponía de tal forma que no debilitaba sus espíritus, sino más bien, los dotaba de virtud. Los efectos de esta sustancia dependían de las cantidades segregadas y, como el vino, un exceso de ella podía sumir al espíritu en estados de peligrosas andaduras, pero en cantidades bien gestionadas podían despuntar cualidades favorables del alma. Sin embargo, lo que es pasajero en el bebedor, resulta estructural en el melancólico, y con semejante carga, si un espíritu tal es capaz de convivir con todo el calor y todo el frío que la bilis negra transporta y es diestro en el sano ejercicio de localizar su término medio, si encuentra la norma de su anormalidad, entonces tiene todos los caminos despejados hacia la genialidad.


El cineasta Theo Angelopoulos (1935-2012), el tercer griego de la tarde, parece hoy (hoy más que nunca) corresponderse mejor que nadie a "ese alguien que vive entre los monstruos sin eliminarlos, pues es su peligrosa presencia quien le inspira". El trabajo de Angelopoulos se estructura sobre las bases de una intangible necesidad de acercamiento, de aproximación de la Historia del hombre al Hombre, al hombre de nuestro tiempo, y ello articulado con una de las herramientas más susceptible de corrupción de nuestra época, el cine. Estas pautas, dicho sea de paso, consolidaron en Angelopoulos una triple militancia que mas que militancia es compromiso, compromiso con la historia, con el hombre y con el cine, y a partir de la cual podemos llegar a comprender lo épico de su mirada, la profundidad de su negación y las dimensiones de tan necesaria empresa.


Su melancolía gris, su pesimismo pausado y su curiosidad tras la niebla fueron las coordenadas fundacionales de este cine, un cine políticamente afilado y decididamente poético, donde las correspondencias no solo nos aproximan a lo personal de su mirada sino también al particular transcurso del tiempo en su país. No es de extrañar, por tanto, que los cuentos de amor y los periplos personales de sus fabulas se inscriban siempre en épocas convulsas de la historia contemporánea griega, haciendo de ellas, de cada una de sus fabulas y de cada uno de sus personajes, la mínima expresión de un devenir que a estas alturas ya no solo es nacional sino continental.


Theo Angelopoulos comenzó a hacer cine allá por los años sesenta, después de que la Dictadura de los Coroneles, encabezada por Georgios Papadópoulos, cerrara el periódico para el cual trabajaba como crítico cinematográfico. Y fue en aquella coyuntura donde dio a luz "El viaje de los comediantes" (1975), un proyecto de cuatro horas que perfila las condiciones de ese triple compromiso antes mencionado y que bucea en las heridas de la segunda guerra mundial de la mano de una compañía de teatro que ve continuamente interrumpidas sus representaciones por los conflictos políticos que por ese entonces lo ensuciaban todo.


En "Megalexandros" (1980) se repite la ecuación y se afianza en sus intenciones. Aquí nos encontramos con la historia de un ladrón Macedonio que cree ser la reencarnación de Alejandro Magno y con ella el cineasta se sirve para hacer una enorme metáfora sobre la dualidad del poder y el destino de Grecia.


Portavoz instaurado de lo lento radical y firme en la reinvención del cine de tres horas, de cuatro horas, que gusta, a principios de los años ´90 presenta "El paso suspendido de la cigüeña", una historia desarrollada en un nuevo nivel del imaginario del director; el no-lugar, un no-lugar como lo son las fronteras, y en este caso la que separa Grecia de Albania. Ahí, un grupo de reporteros llega para filmar las condiciones de vida de miles de inmigrantes kurdos, albaneses, turcos, etc., que, domiciliados en la nada, esperan un permiso para poder irse de allí. Y es allí mismo donde uno de los reporteros cree reconocer entre los habitantes a un político desaparecido hace años.


Con "La mirada de Ulises" (1995) nos topamos con una obra cumbre que no solo coloca al cineasta en la historia del cine, sino también al cine en la historia del hombre. Y como de coreografías multitudinarias que evocan apenas dos, apenas tres palabras de un verso de Konstantin Kavafis, asistimos al gran teatro del mundo con el que Angelopoulos pretendió durante toda su carrera explicarnos "La Odisea" de Homero. Un viaje al que se le siguen sumando niveles, en este caso el de la memoria perdida, el reencuentro con una identidad que no se esconde bajo los escombros de la guerra sino que es el escombro, que es también la barbarie, la perdida, que es, en definitiva, la Europa que aún asoma por encima del nivel del mar. Pero no acaba aquí el discurso del cineasta. En 1998 estrena "La eternidad y un día", película que ahonda en la idea del exilio interior como promotor de una vida incompleta, una vida desvivida si se quiere, y en la que se presenta en sociedad el carácter feroz de aquella melancolía que durante películas fuimos respirando y que ahora se desnuda en un inmenso gris que todo construye. Finalmente nos encontramos con "Eleni" (2004), primera parte de una trilogía que se alineaba junto con "The dust of time" (2008) y la que a estas horas es ya la imposible "El otro mar".


En esta trilogía Angelopoulos proyectaba imprimir en imágenes una mirada absoluta, definitiva y quizás testamentaria del S.XX a partir de los hechos más significativos. Algo así como un Angelopoulos al cubo, en la que se narraban, entre otras cosas, las invasiones del ejército rojo en Grecia, los desplazados europeos de principios de siglo, la Rusia post-Stalin, el Holocausto y ya para acabar, la actual crisis económica que esta alegrando a unos pocos. Las dos primeras entregas fueron estrenadas, mientras que la última, que se encontraba en pleno rodaje, quedo suspendida en el aire tras la muerte del director esta misma noche.


Queda ese compromiso solidificado, un espacio liberado en donde es posible una izquierda que lee con rabiosa melancolía la poética de un siglo perdido, otro siglo usurpado por los aquellos que siempre ganan y que son, en definitiva, quienes tienen los medios para escribir y reescribir la historia una y otra vez.


Queda esa mano tendida al hombre en su incansable búsqueda de la identidad, la individual y la colectiva, el documento que atenta contra el olvido en sus múltiples formas, un grito más por la libre circulación de personas y la libertad de expresión. Y queda también el cine capaz de aunar política, poesía y silencio, el cine que recupera el mito y lo hace suyo, lo reinventa hasta lo indiscutible, como libro de ochocientas paginas, como disco de 27 canciones, como "Guernica" en la pared de tu salón. Un cine capaz de revivir a Marcelo Mastroianni y de rejuvenecer a Jeanne Moreau ("El paso suspendido de la cigüeña"), de entender a Harvey Keitel y de homenajear a Erland Josephson ("La mirada de Ulises"), de engrandecer a Bruno Ganz ("La eternidad y un día") y aprender del gran guionista Tonino Guerra ("Paisaje en la niebla", "El paso suspendido…","La eternidad y un día", "The dust of time", entre otras).


Por último, no creo que sea intrascendente remarcar que dadas las pretensiones de dicho cineasta y el evidente fanatismo del abajo firmante, pocas palabras escritas podrán atrapar apenas una porción, por mucho que me empeñe, de aquello que las imágenes de Theo Angelopoulos sugieren. Su historia es la historia del ojo, y esto que ahora escribo no es más que otro torpe intento por parte de quienes alguna vez nos animamos a escribir sobre él, de invitarlos a conocerlo, a reconocerlo, a aprenderlo, a cuestionarlo y, con mayor énfasis, a superarlo.

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