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El triángulo de las tres P (sobre el cine en Barcelona)

Si caminas por la calle Sant Pau desde la Rambla en dirección a Paralel te encontrarás a mitad de camino con una plaza, y en el centro de esta plaza, un edificio. Este edificio es la Filmoteca de Cataluña. Si te detienes justo en la puerta y volteas a ver el camino andado, verás un portal pequeño entre dos tiendas de informática. Ahí vivo yo. Las mujeres de las esquinas vestidas como cantantes de eurovisión son prostitutas, y la platea de hombres en la puerta de los bares se reparten entre proxenetas y viejos verdes. Todos los demás, incluso los que no se ven, son policias.


Yo lo llamo (aunque nadie me sigue el rollo) el triangulo de las tres P: Putas, Polis y Pelis.


Cuando llegue a Barcelona estaba obsesionado con vivir encima o al lado o enfrente de algún cine tipo el Melies, el Malda o la misma Filmoteca cuando estaba en la avenida Sarria.

Esto nunca lo conseguí y la obsesión se fue humedeciendo.


Seis años más tarde, sin buscarlo expresamente, me mudo a un piso a veinte metros de la nueva Filmoteca, en el corazón del Raval.


Recuerdo ahora que aquella obsesión por vivir cerca de un cine significaba la puesta a punto de una inclinación que, por cojones, se consolidaría en la gran ciudad: quiero hacer cine, y vivir cerca de un cine es vivir en el cine, por tanto veré, haré y seré cine.


Y con estas cosas me entretenía cuando llegué.


Verán, si bien mis inclinaciones, tiempo más tarde, tampoco se alejaban mucho de aquellas que me trajeron hasta la gran ciudad, llevaba cinco meses a veinte metros de la filmoteca y aún no había puesto un pie dentro. Y eso que estaba permanentemente al tanto de la programación, que me pasaba horas viendo desde el balcón la fila de modernillos comprando sus entradas, que me apuntaba en el calendario las peliculas guais, pero al final nada de esto me conducía al acto por definición, ir.


Fatal, me parecía fatal que hubiesen especulado con la Filmoteca así, que la hubiesen recortado y encajado en medio de un barrio al que quieren redimir de su esencia, esencia jodida por otra parte, pero su esencia al fin y al cabo, no?


Si llegan por la calle Sant Pau, encontrarán en medio de la plaza un edificio, un edificio gris, enormemente gris, cuadrado, absolutamente desencajado del paisaje, lo que me hace pensar que si la Filmoteca no se adaptó al entorno es porque el entorno terminará adaptandose a ella, y eso no hay más que verlo; la rambla del raval, el hotel circular, los edificios de UGT, etc...


Natualmente, el mal olor va en el cuerpo, pero también en el alma.

Para las primeras fiestas del barrio con cine inaugurado, se programaron una serie de películas entre las que se encontraba “En construcción” (2001) de Jose Luis Guerín, y fue justo ahí, cuando lo supe, que no lo pude seguir soportando. “En construcción” trata sobre la transformación del barrio y no hace falta ser ni un vecino cabreado ni un quemapapeleras para ver el entrelineado crítico del argumento. Al igual que el clásico esquema de “chico conoce chica” aquí se da el esquema “plan urbanistico aniquila vida”, cada día más recurrente en esta ciudad y en el 80% de los documentales que por aquí se estilan.


A estas alturas no nos vamos a andar sorprendiendo de la hipocresía gubernamental, esas medias tintas cual condolencia pomposa que sucede al finado, pero algo tenía que hacer para sacarme toda esa mierda que llevaba dentro, y así lo hice.


Con los cuarenta euros que tenía para vivir los próximos cinco o seis meses, salí a la calle y compré tres cartones de sangria don simón que bebi ipso facto junto a dos putas en la misma plaza del cine. Mi estrategia era sencilla, emborrachar a las damicelas (que a partir de ahora llamaremos Penélope y...mmm, Scarlett) para que, ya cabalgadas por la ebriedad, acepten venir al cine conmigo. Sobre la hora, la aceptación fue unanime, y nos fuimos al cine a ver “En construción”.


La idea, como todo plan que nace de la rabia y la improvisación, era basicamente liarla, y pensé que tres borrachos no podrían estar las dos horas de película en silencio, pero nunca me habría imaginado que la cosa fuese a salir como salió.


En la cola, ya para entrar en la sala, las damas se encendieron un piti. La gente flipaba. El chaval de la entrada les pidió que lo apaguen y solo Scarlett lo hizo por las dos. Luego entramos y dejé que elijan las butacas. Primera fila quisieron, joder. Cuando se apagaron las luces las dos fueron las unicas de la sala que aplaudieron cual pasajero primerizo o drogado aterrizando, y yo con ellas. Eramos tan felices. Cinco minutos más tarde Penélope se había dormido, Scarlett no dejaba de repetir que allí olia mal y yo comenzaba a gorgojear la sangria. Penélope recien se depertó a la media hora y para descubrirse como uno de los personajes que salian en la pantalla y hacercelo saber a todo el gallinero. Lo cierto es que eso era imposible porque Penélope no bajaría de los 40 años y la mujer de la pelicula en la que se reflejaba no superaría los 15. Algunos espectadores comenzaron a cabrearse. Comprenderan que entre los nervios, la pantalla gigante a escasos metros y la sangria se generó dentro de mi una mixtura anímica que se desencadenó como estrepitoso vómito. La pareja sentada a mi lado (autenticos personajes de Godard) se fueron ofendidos a buscar otro sitio en la oscuridad, y Scarlett, la del mal olor, entendió que aquello no era propio de una princesa y también desaparecio. Penélope, quizás porque empezaba a creer en mí o porque quería volver a dormir, se quedó a mi lado pero negándome la asistencia.


Con mi jersey me limpie la boca y el posabrazos, al tiempo que disfrutaba de la magnifica escena del viejo que habla de sus “caprichos”. ¿Donde estará ahora ese hombre? ¿donde estarán todos los personajes de esta película ahora?


Impresos en un tren de sombras, a veces creo verlos pasar, voy sumandole diez años a las caras y entonces son realidad. Les cortaría la marcha, les haría hablar, total para que me digan, que nada de eso ha sido verdad.


Ante las quejas de algunos usuarios, el mismo chaval de la entrada fue el que se acercó, me toco el hombro y me pidio amablemente que me retire de la sala. No tuve opción, la rabia se había diluido en vergüenza y la improvisación en accidente, así que sin imponer resistencia me levante, abandoné en su sueño a Penélope, y atravesé el auditorio entre alaridos lejanos del tipo “gilipollas!” o “mamón!”.


Y como en todo periplo triangular, no podía volver al origen del cuento sin antes cruzar el último ángulo. A las puertas de la Filmoteca me esperaba desafiante Scarlett con su chulo y un trozo de tuberia en la mano. Al femino grito de “es él!” , el macho alfa se abalanzó sobre mí y comenzó a darme una paliza que parecía guardar en su núcleo toda la vieja esencia del barrio chino. Toda.


Había comenzado a llover mientras me hostiaban y, como es de esperar ya en los primeros minutos de cualquier escandalo público, hizo su aparición estelar la policia, que sin dudarlo, puso a tope los walkies, acordonó la zona, pidió refuerzos, abrió camino a las ambulancias, hizo indicaciones luminicas al helicóptero y luego llamó a la calma.


En fin, creo que al chulo y a Scarlett se lo llevaron, y que Penélope, al salir del cine (ella sí vió entera la película) lloró junto a mi cuerpo destrozado en el suelo, pero no pude saber más ya que fue ahí, justo en algún tramo de este mal trago, que perdí la conciencia y cayó mi cabeza, dibujando un bonito charco de sangre a las puertas de la nueva y flamante Filmoteca de la ciudad a la que vine para ser cine.


Fundido a negro, agradecimientos y fin.

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