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De Walter Benjamin a Funny Games

“Una antropología no de lo ordenado ni de lo desordenado,

sino de lo que es sorprendido en el momento justo de ordenarse,

pero sin que nunca podamos ver finalizada su tarea,

básicamente porque solo es esa la tarea"

Manuel Delgado

Superado el centenario y llegado a este punto, el cine no tuvo más remedio que dejar a un lado la conquista y la exposición de aquello que lo hace fuerte (su propia historia), y seguir avanzando, para una continuidad nuevamente centenaria, en dirección hacia ese otro espacio por confirmar, el cine en la historia.


Se trata, por una parte, de una eslabonada evidencia del desarrollo técnico del medio, un impulso tecnológico a partir del cual una persona anónima con tres días libres puede hacer su película, y por otra parte, las coyunturas temáticas y conceptuales que se pueden derramar con esta “liberación de medios” o expansión del lenguaje.


Los que aquí me interesan son aquellos que, pendientes no solo del incremento de su filmografía, sino también de los nuevos retos a los que se enfrenta el medio, dejaron de creer que el cine es aquella imagen del cineasta de boina calada, cigarro en mano y pantalones bombachos junto a un rustico foco de rodaje, me interesan los que dejaron de creer que el cine solo podía ser aquellas películas cuya musculatura de montaje y de interpretación nos hizo ver colores donde no los había (pienso ahora en esas películas de Elia Kazán o Mike Nichols) y, no descuidando esta revelación, hoy se ofrecen como nuevas narrativas de la actualidad, o como escribe el antropólogo Manuel Delgado; “El núcleo de la cuestión reside en la posibilidad que el cine tiene de captar la dimensión intranquila de la vida social humana, y hacerlo a partir de un modelo de percepción del que él tendría la exclusiva”(del artículo “Cine”, en Jesús De Miguel y María Jesús Buxò, eds.).


En efecto, hablo de aquellos que, de una forma un tanto primitiva pero no por ello menos entrañable, han colocado el cine (con todas sus franquicias) en primera línea de fuego, ahí donde se vive de lo inmediato, junto a los periódicos, los bares, la televisión, el barrio, la radio…

A veces pasa, en estos tiempos que corren, que irse a Marruecos a dar clases de cine a niños, como sucede en “Todos vos sodes capitans” (Oliver Laxe, 2010) parece más próximo a la idea de un cine contemporáneo que lo que pueda estar haciendo ahora Francis Ford Coppola en su casa, pasa que registrar la transformación no solo arquitectónica sino psíquica de un barrio, como sucede en “En construcción” (José Luis Guerín, 2001) es hoy de una sensibilidad mucho más coetánea a la nuestra que el rostro triste de Martin Scorsese, o la capacidad de Joaquim Jordá de hablarnos con un apego decididamente actual del deseo, el amor, la mentira y las cosas que importan, a partir del seguimiento a un juicio de un supuesto pederasta, argumento de “De nens”(2003), es de una belleza que podría entender tranquilamente Herzog, Pasolini o Vertov, pero sobre todo nosotros.


Todas las épocas asumen determinados elementos que pueden definirlas y colocarlas con respecto a otras en un lugar concreto de la historia, y una parte exponencial de esta tendencia cinematográfica escarba, encuentra y selecciona estos elementos, confeccionando así una antropocéntrica lección de anatomía donde el personaje central del cuadro es la realidad vigente.


“Escuchando al juez Garzón” (Isabel Coixet, 2011) es un buen exponente de la notable necesidad del cine de reinventarse como herramienta de primer orden. Es el cine que trata lo que trataban los periódicos esta mañana cuando los periódicos son, lamentablemente, los que pueden definir una época. “Muerte de un presidente” (Gabriel Range, 2006) es la proximidad al inconsciente colectivo, otro elemento que define una época, como el sueño burgués, que más que sueño es una pesadilla en “Funny games”(Michael Haneke, 1997), lo que también define una época es la forma en que nos buscamos la vida cuando esta última, precisamente, es la que nos falta, véase “El taxista ful” (Jo Sol, 2005) o “Quien mató a Walter Benjamin” (David Mauas, 2005) , la forma en que se roba, en “Memoria del saqueo” (Pino Solanas, 2003) o “Los sin tierra”(Miguel Barros, 2004), el lugar de la mujer en la sociedad, en “Ten” (Abbas Kiarostami, 2002), y las fronteras, evidentemente las fronteras hablan de una época, y ahí está, en“Zona libre” (Amos Gitai, 2005) o “Machuca” (Andrés Wood, 2004).


Todos estos trabajos, unos con abundantes presupuestos y otros de notable sobriedad, son algunos de los muchos que se están ejecutando en esa dirección a la que apunta un cine moderno en permanente expansión, superponiéndose a los traumas de su desarrollo óseo y agilizando la creatividad hacia unas dinámicas de aproximación a la historia reales y efectivas. Es el cine como documento, al servicio de la realidad, que es la única forma de establecer vínculos indelebles con el momento histórico que ahora mismo nos llueve.

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