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Arde Val del Omar

De todos es sabido que el cine ha nacido y muerto mil veces, y forma parte de la intimidad colectiva designar a cada nuevo nacimiento y a cada nueva defunción los nombres propios que, según las inclinaciones que del historiador ocasional se precien, fueron parte activa en alguno de los extremos de este arco vital. En cuanto a las versiones sobre el origen del cine, de las cuales no solo existen la oficial europea (Lumière, Melies y compañía), o la oficial americana (Edison, Edwin S. Porter y compañía) también encontramos las apasionadas (I. Bergman, A. Tarkovsky y compañía) las puramente técnicas (S. Spielberg, F.F. Coppola y compañía) y, cómo no, las locales (véase Segundo de Chomon). Pero si me dan a elegir, como dice la canción, de entre todos los nacimientos del cine yo escojo el protagonizado por el cineasta español José Val del Omar.

En efecto, en la trayectoria cinematográfica de Val del Omar podemos encontrar con cierta desenvoltura la mayoría de los presagios, devenires y temores de toda una forma de hacer cine, de toda una manera de entender y sentir el cine que pudo alinearse con las bellas artes, que volvió a las formas ritualistas de la seducción, que desbordó los márgenes en busca de sentidos dormidos y que luchó, y sigue luchando, contra una realidad que más que realidad era, y es, corporación, empresa, que era y es, mercado, ocio, que estaba siendo y terminó siendo, en definitiva, el hilo musical de nuestros ojos. Trayectoria esta nunca exenta del bajo continuo del fracaso, y con él, el vuelo de la muerte que se traspapela en soledad, olvido y silencio.

Lo que termina de definir el carácter universal, y sin embargo único, de una biografía como la de Val del Omar, es que en ella no sólo localizamos la estructura ósea de un posible nacimiento del cine, sino también las exequias de su muerte. Es decir, en esta particular historia del cine, principio y fin se articulan en una sola andadura, en la jornada de un único hombre.


No es fácil explicarte de que va la película que vimos hoy, ya lo anunciaron una vez, no es nada fácil escribir sobre el trabajo de Val del Omar, pero creo que la mejor manera de abordarlo es apoyado en tres palabras que, más allá de la propia palabra y la desmarcada periferia del medio, designan un camino, o bien limitan un terreno de elevados horizontes; estos deseos de coordenadas son Arte, Trastorno y Viaje.


Arte. José Val del Omar nació en la Granada de 1904, pero fue en el París de 1921 cuando reconoció en el cine las herramientas adecuadas para hacer de este mundo un lugar habitable. En la experiencia de las Misiones Pedagógicas de la República (1932-1936), en las que participó activamente rodando algo más de cuarenta documentales, dichas herramientas evolucionarían hacía una extensión, propiamente dicha, de los sentidos, concibiendo así la idea de cine como hábito completo y totalizador, absorbiendo la mayor cantidad de receptores en el público e invitándolos a una experiencia catártica de la percepción. A estas alturas estamos, no lo olvidemos, en la España de posguerra, donde, más que menos, todos podemos imaginar la escala cromática de la cultura, la sociedad y la política.


Val del Omar pasó gran parte de su carrera encerrado en su casa, alumbrando artefactos que aproximasen al espectador de cine a esa experiencia sublime, a esa intuición de lo inmenso, ya sea con el Palpicolor, el Cromatacto, la Psicovibración, la Pictolumínica o la Laserfonía. Como puede observarse, su mapa gramatical terminó desdoblándose en una autentico mundo dentro del mundo, para así concluir en el cine como cinegrafía, una cinematografía integral resultado de la fusión de una cinematografía de las formas y de las luces junto con una cinematografía del sonido. Gestos, todos movimientos tácticos dentro de esa gran batalla que se fue gestando en la trastienda de su imaginario y que deseaba, como señala Víctor Erice en su texto “El llanto de las maquinas” (Ínsula Val del Omar, Semana del cine experimental, Madrid, 1995), llegar a superar el tradicional divorcio entre el cerebro y el corazón, el instinto y la conciencia, el arte y la ciencia, siempre con la tecnología como arma, y la poesía de Lorca como arma, y la música de Manuel de Falla como arma, y los tecnicismos y la espiritualidad como arma, y el deseo, siempre el deseo que, en sus propios latidos, arde, y el que arde ama, y el que ama vuela.


Trastorno. Suya también es la frase “Se naufraga siempre, dice una voz razonable”, y con ella se desvela en Val del Omar el quiebre infatigable que supuso hacer participes del mundo aquellos inventos y teorías que, como caballos inquietos, lo ocupaban todo en su casa. Dicen que dijo que no fue sencillo, dicen que dijeron que era un adelantado a su tiempo por los esfuerzos técnicos pero también que lo suyo eran los orígenes, que venía de la propia historia, dicen que aquello fue un malentendido general, y su desvirtuada empatía el destino permanente de todas sus empresas. Comenta el también cineasta José López Clemente sobre sus exposiciones: “cuando dirigidas a los poetas, iban cargadas de alusiones electroacústicas, y cuando a los técnicos, iban sobradas de poesía”. Val del Omar nunca ocultó o maquilló ante sus oyentes, en su mayoría técnicos, funcionarios y empresarios, el carácter social y político de sus proyectos, como tampoco la dimensión espiritual y trascendente de la que su obra, como toda creación, se empapaba. En efecto, volviendo a la escala cromática de las mentes que en aquella época tenían a Dios de su parte, imaginad que, a la pregunta ¿Qué es lo que pretende? , Val de Omar responde: “Conmocionarle, enajenarle, incluso pegarle fuego, que es la única manera de llevar al espectador hasta el infinito, liberándolo de las fuerzas de la gravedad”. Condenado a explicarse una y otra vez, la reticente realidad no solo lo acompaño con una mano apoyada en su poesía hasta la puerta, sino que con ella, también se le ofrecieron indulgentes promesas a sus adelantos técnicos que, más allá del barniz metafísico, suponían importantes avances para la industria del cine, como importante también lo era su esfuerzo imperecedero hacía una metafísica de las costumbres en un pueblo que, por no tener, no tenía ni costumbres.


Viaje. A veintinueve años de su muerte, en un accidente de coche, la historia de Val del Omar no parece todavía haber cicatrizado en la conciencia de quienes, más tarde, han sabido reconocer en su trabajo la mirada inocente y primitiva que llega a un mundo donde todo está inventado para reinventarlo, para humanizarlo, para desligarlo de anticuadas escalas que cercaban las posibilidades del alma utópica y del ser creativo. Y son estos quienes, en un afán de justicia cíclica, nos recuerdan, materializando el mensaje en exposiciones de museo, retrospectivas de filmoteca o reseñas de suplemento cultural, que hubo una época, y que hubo unas personas, que dieron sus vidas, y con ellas todas sus horas, a la construcción de un acontecer humano muy diferente al que, en definitiva, parece que hemos transitado.

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