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¿Carlos Tarkovski o Andrei Reygadas?

“¿Cómo puedes creer que es posible resucitar algo

que está muerto desde hace tanto tiempo?...

Ven, siéntate aquí un momento"

“Gertrud. Acto V"

C.G.Dreyer


Carlos Reygadas destaca porque su cine es otra vuelta de rosca, pero otra vuelta de rosca al cine mexicano, institución, por otra parte, en la que si nos planteamos pasar la noche, seremos recibidos en la puerta por sus González Iñárritu y sus García Bernal, y una vez dentro, en sus pasillos, podremos apreciar a sus Arturo Ripstein o, por qué no, a sus Cantinflas, y más al fondo, al Jodorowsky mejor recordado o al Buñuel más republicano, y en el cual, si bajamos al sótano, sabremos calcular un Francisco Vargas (“El violín”, 2006)o un Rigoberto Perezcano (“Norteado”, 2009) sin apenas encender la luz.


Y es que Carlos Reygadas, si bien con su reconocimiento en Cannes como mejor director por “Post tenebras lux” (2012) parece afianzar un estilo personal e intransferible, todavía retiene esas postales de un espacio dedicado al baile de influencias y al tráfico de identidades, como cuando hablar de él era hablar deTarkovsky y verlo era ver a Sokurov. De aquí su primera braceada a contracorriente de lo que previsiblemente podíamos suponer del cine mexicano (aún sin caer en tópicos y generalizaciones) ya que, en efecto, si te hablo de un mexicano que después de haber leído el “Esculpir en el tiempo” (una de las biblias del cineasta en ciernes) se puso a hacer películas ¿Qué te imaginas?.


Su primera película fue “Japón” (1999) y atendiendo a los posibles resultantes de una mezcla como la recién mencionada, esta historia es la historia de un viaje, una ruptura entendida como viaje, la de un hombre que abandona las velocidades de la ciudad para desertar luego de sí mismo en la inmensidad de la naturaleza. Una deserción que se ve truncada por la presencia de una anciana y de las pasiones desconocidas que a todos se nos pueden revelar cuando lo que tenemos delante es el desierto.


De personajes silenciosos y expresiones mínimas (a veces propio de un cine trabado por actores no profesionales, como es el caso) el paisaje se convierte en la narración más oportuna, por lo que queda instaurada esa experiencia contemplativa que bien pudo haber sido la de un ruso en México pero que termino siendo la de un mexicano en el mundo.


Este primer trabajo trata sobre la bella desgracia y quizás esté retratada con cierta vanidad por ajena o pretenciosa por no disponer de ningún otro antecedente regional, pero también es una declaración de intenciones que sólo se podría ver reforzada por la continuidad que Reygadas se impuso y que devino en su segundo trabajo.


Y si nos enteramos de un especialista en conflictos armados que se vio todas las pelis de Dreyer ¿Qué crees que queda?


“Batalla en el cielo” (2005) se esperaba porque, ya con el antecedente de “Japón”,significaría la consolidación de un status para Reygadas por parte de la opinión pública; o aquel tan esperanzador con el que se trata a los astronautas en esos países que viven totalmente al margen de lacarrera espacial, o bien aquel otro tan indulgente con el que se recibe al equipo nacional después de haber perdido en cuartos de final. Y el director, sabedor de dicha espera, arremetió con una historia de desfase social, religión, cautiverio y prostitución. Nuevamente silencioso, pausado y naturalista, difícilmente permitió al público mantener una postura impasible porque es sabido que el sexo explicito no deja indiferente, el hermetismo narrativo tampoco, y mucho menos la estética del sacrificio que purga.


Con este segundo trabajo Reygadas se reafirma en unas formas que sin dudas resaltan por encima de eso a lo que estábamos acostumbrados por esa parte del mundo, pero por otro lado se encamina por los sinuosos caminos éticos que suponen hacer de la desgracia simplemente un evento estético. Un ejemplo de correlación entre forma y fondo podría ser la conocida “Amores perros” (González Iñárritu, 2000) en donde la desgracia o el desconsuelo de la historia también es oscuridad y temblor en su grafía.


Aquí se plantea entonces un nuevo desafío, ya no se trata de elevar la desgracia a la condición de bello sino de encauzar la belleza a la altura de la desgracia. ¿Podría conseguirlo?.


Y si finalmente descubrimos un hombre que entre sus libros de derecho internacional esconde “Notas sobre el cinemógrafo” de Robert Bresson, ¿Qué puedes concluir?.


Su tercera película, y hasta ahora la última a disposición del gran público, es “Luz silenciosa” (2007). Con este trabajo ya podemos fraguar una postura clara: el melodrama del cine de Reygadas radica exclusivamente en la necesidad de belleza ya que, siguiendo esta línea, como bien apuntó el escritor mexicano Carlos Monsiváis, tenemos la imperiosa necesidad de destruirnos así para evitar destruirnos en la realidad.


En esta ocasión las palabras clave son familia, religión y monogamia, pero lo que parece destacar no es la gestión narrativa de estos conceptos sino el contexto donde sucede el acto, en el núcleo de una comunidad menonita (y de entre todas las realidades que conservan una potencia visual tan reconocible y desconocida a la vez, la menonita es, sin duda, una de ellas).


Más aún, como si la cuestión de la proximidad de ese cine que tanto lo influyó fuese ya un secreto a voces, el director parece gritarnos a los cuatro vientos, por fin, que lo suyo es Tarkovski y lo sabe, que lo suyo es Dreyer y que lo suyo es Bresson y lo sabe, y que, aunque con ello se exponga con mayor nitidez a la feroz crítica, siempre será más saludable estar cerca de estos próceres que de otros de mayor difusión y menor profundidad. Claro, así el merito, según mi opinión, no se lo lleva el director mexicano por recordarnos a estos genios europeos, sino que es merito de estos últimos por crear con sus trabajos inspiraciones como las de Reygadas.


En definitiva, Carlos Reygadas es una rareza que, aún después de tres películas, mantiene esa incógnita, también llamada controversia, de reafirmarse como un cine necesario o un cine anecdótico, y de cuya inclinación final tendrá gran parte de responsabilidad los grandes reconocimientos internacionales que algunos, entre los que me incluyo, se huelen todavía prematuros.

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