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Yo estuve ahí

Tal vez lo que importe no es haberlo vivido sino decir que has estado. Vivir en el futuro quizás sea precisamente esto, una mezcla de inclinación hacia la velocidad, la devoción por la multitud y un poquito de mal gusto.


La escena propulsora es la que sigue: un día algunos se despertaron con la certeza inoculada de que la historia ya lleva mucho tiempo entre nosotros y que va siendo hora de velar los mecanismos que la construyen para poder, por primera vez en la historia, anticiparnos a la historia y, por tal motivo, hacer historia.


El 11 de septiembre de 2012, excelente fecha en Cataluña para ser retratado ecuestre, el Presidente de la Generalitat Artur Mas, de conocidos ardores patrióticos, convocó a todos los catalanes a una concentración por el centro de Barcelona. El Presidente, suponemos, quería materializar una identidad, definir unos colores, el Presidente quería multitud, consenso, el Presidente quería, en definitiva, hacer historia, y así lo hizo saber las fechas previas al encuentro.

El esquema se deduce de lejos, el equipo de publicistas del Presidente quiso anticiparse a la historia pregonando un discurso saturado de épica, una épica que, en este caso, debía brotar de la ecuación multitud + retórica + cámaras de televisión.


La escena propulsora en la cabeza del Presidente debió ser algo así: Todos debemos recordar ese día. Ese día ha marcado nuestras vidas. Ese día fue el codo del devenir. Algún día les enseñaremos a nuestros nietos el recorte de “La Vanguardia” de aquellas fechas, apuntaremos el titular con el dedo experto y con voz profunda y lejana exclamaremos “yo estuve ahí”.


La situación no deja de resoplarse como diagnóstico. Seguramente el cineasta J. J. Bayona le dijo a sus muchachos “vamos a hacer historia” meses antes de rodar la moñada “Lo imposible”, incluso Luis Aragonés le dijo a sus muchachos “vamo´aser istoria” minutos antes de salir a jugar la final del mundo y, por supuesto, Tejero se lo dijo a sus muchachos, también minutos antes de salir y jugar a las catástrofes. La singularidad de estos casos parece residir en el hecho de que, si hubo tentativa histórica, ésta termino cayendo con todo su peso sobre las terrenales estructuras ensayadas para tal fin, y un deje desbordante, imprevisible, suculento, acabó avalándolos con el tiempo.


Pero la ocurrencia del Presidente, para los que tardamos en entender de qué van los cotarros, acabó desvelándose pobre a las pocas semanas, cuando ya nadie recordaba el evento. Sin embargo, en la vida cotidiana encontramos infinidad de espacios propicios para la metástasis de la tentativa arriba denunciada.


21 de marzo de 2012, excelente fecha para ir a ver un concierto de Bjork. La revelación apareció en mitad de su repertorio. Yo era una cabecita de las 30 mil cabecitas anónimas que movían los brazos como si supiese las canciones, y los labios, como si supiese inglés. Con las percusiones, la imponencia de veinte nórdicas al unísono y los pulsos del sintetizador, Bjork fue articulando una empatía entre público y escenario que de un golpe desvirtuó con una maravillosa exclamación: “No puedo ver sus caras por todas esas cámaras. Estén este momento conmigo”.


Actitud de la cantante que, más que responder a la típica soberbia de artista, señalaba una cuestión que resulta interesante, sobre todo viendo ese mar de cámaras que sobrevolaban las cabezas no solo en este ejemplo, sino también en cualquier ejemplo de multitud con un sólo foco de atención: ¿Por qué la gente ve a Bjork a través de una pantalla si, por una vez, puede hacerlo directamente? ¿Es que la gente prefiere tener el recuerdo de la experiencia antes que la experiencia?

La respuesta es sí.


Cada día somos más propensos a este tipo de planificación porque incapaces de sentirnos seguros organizando nuestro futuro (nadie nos asegura el éxito) saltamos a toquetear el pasado, que mal que mal ya sabemos los elementos que lo componen. Entonces vivimos a meses de distancia de lo que ahora sucede y, en lugar de detectar el vacío in situ al que se ven abocados todos y cada uno de los eventos en los que participamos, la idea de conquista se sobrepone a cualquier tipo de carencia. Se trata de la conquista de nuestro propio pasado que es lo más próximo a una victoria segura (¿Quién va a ganar el partido si sólo hay un equipo?) , la conquista de la historia que, como todos sabemos, sólo pueden escribirla los vencedores.


Cuestiones, en definitiva, que nos alertan de unas inclinaciones generales que escenifican una vez más el carácter material con el cual sopesamos lo que vivimos.

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