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Análisis de "La otra" (triunfadora del Festival de Venecia)

"Hablando de una película o un libro cuando en realidad queremos hacerlo de nosotros" S.D'Amico

Los celos son una más de las muchas contorsiones a través de las cuales nos abandonamos a la purificación, la limpieza del cuerpo, el agua que todo se lo lleva y el mar. Perderse cuando perderse es no saber que te has perdido, como cuando te vuelves loco, imagino, cuando te vuelves loco nunca sabes cómo llegaste hasta ahí, no sabes, siquiera, que has llegado hasta ahí. Y la gente te mira extrañada en la calle, los miramos extrañados, y la compasión temporal nos impide pensar algo como que los locos no saben que lo están, que están locos, y esta certeza es practicada a partes iguales tanto por ellos, como por los cuerdos.


La locura de quien no está diagnosticado es el arrojo a la salvación, nuestra salvación de nosotros mismos, atravesar el duro y silencioso proceso de restaurar el amor propio por medio de un rito de expiación, un rito del que no nos sabemos participes aún visibilizando perfectamente sus brotes. “El espacio en el que se mueve quien está dispuesto a sacrificarlo todo, dice Andrei Tarkovski, e incluso entregarse él mismo en sacrificio, es algo así como el contrapeso de nuestros espacios de experiencias empíricas; pero no por ello es menos real que éstos”. La temática del sacrificio como abismo al que nos entregamos para volver a empezar no sólo lo encontramos en Tarkovski, lo leemos también en el purgatorio de Dante, en cada vez que te recuerdo, en la Biblia, cada vez que te imagino y Shakespeare.


La protagonista de “La otra” (Patrick Mario Bernard, 2008), sumida en los primeros indicios de distorsión, producto de un irreversible ataque de celos, sale a la calle y va al teatro acompañada de un amigo. Van a ver “La tempestad”, y, aunque en apariencia circunstancial y breve, está secuencia no es casualidad. En las obras de Shakespeare, tanto los actos de amor, de venganza, de fraternidad y de odio, de ruptura y celos, los arranques pasionales más crueles e irracionales discurren bajo el sometimiento de la catástrofe, la catástrofe como la materialización del dolor, el dolor más interno a la espera de la calma. Así, más grande que el amor imposible en Shakespeare, es la muerte. Más grande que vengar a un padre, el veneno. Más grande que el perdón, el exilio, y más grande que los celos, el asesinato.


Y en esta película hay mucho de drama shakesperiano, la tragedia de un sentimiento que se desborda en mitad de lo cotidiano y lo inunda todo, lo épico de la memoria y la violencia ante aquello que nos cuesta aceptar; todo esto como el paisaje interno de una asistente social de cuarenta y siete años que ayuda a otras personas, le pagan por ello, que vive sola, que tiene amigos, que sabe viajar en tren, que fuma, que camina libremente por las calles y que parece tener derecho a voto. Una vida aparentemente estable. Normal. Pero también una vida que se quiebra de repente por todas parte ante la ausencia de uno de los factores en los que se apoyaba, su pareja.


De alguna manera, esta película habla de cómo es posible, de cómo es verdad, que la tragedia épica no sólo es una herramienta discursiva o sobreactuada o sobrenatural, sino que se puede dar incluso, y sobre todo, en un espacio tan reducido como es la vida de una persona en una ciudad llena de personas. Habla de cómo Shakespeare se puede dar en la vida de una mujer cualquiera, y de cómo sí se pueda dar eso de que ya no nos reconozcamos, de cómo se da eso de estar solos, perdidos o envenenados, y no saberlo.

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